viernes, abril 26, 2013

A propósito del Día del Libro

Desconfío profundamente de todo el que celebra de modo abierto el Día del Libro.

Si te sigo en alguna red social y ese día posteaste algo sobre la lectura, tengo que admitirte que probablemente pensé que lees para que los demás te vean y digan "oh, mira, un lector". O peor aún, que no lees pero te gustaría que la gente pensara que sí. Ese exhibicionismo de tus proezas literarias me parece que es la antítesis de lo que haría El Verdadero Lector. Ese señor (o señora, o señorita) lee para sí mismo y no le interesa que los demás lo sepan.

En ese mismo orden de ideas, mientras más veces digas que amas leer (que lees demasiado, que la lectura es tu vida, que no hallas que hacer con tantos libros, que asumes la existencia del Kindle como una ofensa personal, etc... ) menos te creeré que lees para ti mismo, y más reforzarás en mí la idea de que lees para los demás. Entiendo que alguna vez lo comentes pasajeramente, pero si estas frases son para ti un hábito cotidiano, te digo lo mismo que me decía mi abuela: dime de qué te jactas y te diré de qué careces.

Ah, y ahora que, literal y figurativamente, tocamos la tecla del Kindle, tengo que decir que en mi opinión la lectura es un disfrute que se genera por el contenido literario y por las cosas que éste te mueve a sentir y pensar. No nos equivoquemos, yo amo el olor y la sensación de un libro tanto como los más puristas. Pero sentirse mejor lector que los usuarios del Kindle y presumir de esa imaginada superioridad es una soberana estupidez.

También tengo que decir que me irrita la gente que juzga a los que leen sólo novelas de romance, policiales, médicas o de derecho. "Los típicos libros de aeropuerto", dicen con desdén, a la vez que apartan con asco una copia del último de Grisham o Norah Roberts. Pues, yo creo que no hay mayor placer que leer para divertirse, y ¿quién eres tú para dictar que aquello que los demás disfrutan es menos que lo que disfrutas tú? Puedes no compartirlo, pero menospreciarlo jamás. Yo creo que el lector de novelas gráficas es tan lector como el que sólo compra en la sección de Best Sellers, o el que se leyó tres veces a Milan Kundera y su insoportable levedad.

En fin, creo que el Día del Libro resalta lo peor que tienen algunos de los que leen: la condescendencia para con los que no lo hacen. Totalmente contraproducente, además, si consideramos que el Día del Libro debería ser una invitación a descubrir el mejor pasatiempo del mundo, y no una razón para huir despavorido en la dirección opuesta del ejército de lectores fariseos que pululan en Twitter, blandiendo copias jamás leídas del Quijote.


There. I said it. 
Soy el Grinch que se robó el Día del Libro. 
Ni modo.

domingo, octubre 28, 2012

Old habits die hard

Tenía años sin dibujar... la recta final de la tesis trajo consigo impulsos de procrastinación que desembocaron en esto. 

Esta debe ser de las pocas adicciones en las que es bueno recaer.

El resultado de mi obsesión con Leyendecker:







jueves, agosto 30, 2012

Por qué escribo

Hace unos días murió David Rakoff. Rakoff no sólo era de mis escritores favoritos, sino que además participaba con frecuencia en This American Life. Para los que no lo conocen aún, TAL es lo mejor que le ha pasado a la radio en el mundo y en la historia, y es la única justificación válida de la existencia de los podcasts, en mi humilde opinión.

Fue a través de This American Life que conocí a Rakoff y ahora que no oiré más su voz siento que me hará falta. 

Buscando la filmación de su última presentación en TAL (esta genialidad de presentación), conseguí un video suyo que titula: Why I Write (And Why it Only Gets Harder). 




A pesar de no considerarme una escritora, escribo. Me identifico con mucho de lo que plantea y me parece un tema súper interesante. He aquí mi versión.

Escribo porque leo, y me da envidia el talento con que otros doblan y desdoblan las palabras para darle forma a sus ideas, y que esas ideas muevan masas. Rand, Rilke, Rowling, Rakoff. Y esos son sólo por la R.

Escribo porque hay palabras que exigen, demandan, merecen ser puestas en ejercicio y sacadas a pasear, y no lo hacemos nunca. Son infinitas las oraciones que he escrito sólo para tener una excusa para usar palabras sabrosas. Cerúleo, nácar, ónice, azafrán. Y eso son sólo los colores.

Escribo porque no siempre quiero fastidiar a alguien con mis excesos, y el papel nunca se queja. Porque comparto la megalomanía Rakoffkiana de que lo que está en mi cabeza es algo que otros querrían escuchar, y lo cuelgo aquí con exhibicionismo esperanzado de recibir una respuesta.

Escribo porque creo ciegamente que las verdades más feas se pueden pulir hermosamente, y que todos los carbones tienen un potencial de diamante. Escribo porque esas cosas, habladas, no son editables, maquillables o photoshoppeables para lograr que tengan belleza. Pero escritas, sí.

Y es verdad, cada vez, me cuesta más. Me cuesta porque antes era más libre de lo que soy ahora, y cada día que pasa adquiero miedos nuevos. Antes, me permitía un desenfreno emocional al escribir que hoy en día me avergüenza un poco, y que fue el origen de mis mejores "piezas". Ahora, escribir en el momento más crudo me parece peligroso, y con la madurez tomo menos riesgos.

Los años traen consigo el pudor.
Pero qué aburrida sería la vida sin desnudarse.

Por eso escribo.
(Y porque me gusta)


PS: ¿Uds por qué escriben?

De repente, te lo encuentras...


Para Génesis Loizaga y Verónica Carvajal,
que seguramente saben lo que se siente.

De repente, te lo encuentras. Te sorprende haberte fijado en él, porque en realidad no se ve exactamente como los que siempre escoges, pero aún así hay algo en él que te llama. Quizás es por un instinto que vienes evolucionando, un sexto sentido desarrollado con el tiempo. Quizás es por curiosidad y ya. Pero te fijas.

Te atreves a acercarte lo suficiente como para darte cuenta que huele a todo lo que quieres: huele a la mezcla perfecta entre viejos continentes y callada madurez, con nuevas adicciones y experiencias desconocidas. Y te preguntas cómo es que sigue ahí, con ese olor a gloria, sin que nadie lo haya hecho suyo. Da lo mismo que no sea lo que buscabas. Cuando sabes que quieres algo, te deja de importar el precio que hay que pagar, o el riesgo de lanzarte a lo desconocido.

Si la suerte está de tu lado, al poco tiempo te das cuenta que estar con él es cómodo. Cómodo como si tuvieran una vida entera juntos, como si te hubiera acompañado ya a todas partes. Notas que él cabe perfectamente en todos tus tiempos libres (y en los no tan libres también). Y a veces, cuando no estás con él, te emociona pensar en el momento del reencuentro.

Te produce unas ganas locas de saltarte los pasos apropiados que dictan las normas escolares, las leyes cronológicas, y las reglas del Manual de Carreño. Lo quieres todo de una vez y no quieres esperar para tenerlo.

Pero si es de los buenos, de los pocos realmente buenos en esta vida, seguramente decidirás tener la paciencia como para ir conociéndolo como él quiere: de a goticas, caminando poco a poco a pesar del grandísimo territorio inexplorado que te queda por conquistar. A pesar de la promesa inminente de una aventura, justo a la vuelta de la esquina.

Eventualmente, llegará el momento en el que habrás pasado suficiente tiempo con él como para conocerlo todo. Ese momento en el que ya viste lo mejor y lo peor que te podía ofrecer. Y es en ese momento cuando sabes que lo encontraste: que existen estremecimientos que no desaparecen cuando se acaba la novedad. Que existe él, a quien puedes volver mil veces sin aburrirte ni un minuto, sin cansarte, sin querer cambiarlo. Que existe él, que sigue oliendo al mismísimo cielo, pero que además ahora huele un poco a ti.


Justo así es. 


Justo así se siente descubrir un buen libro.