
Eran dos sillas de playa, coloreadas de azúl intenso. Una para mí y una para ti.
Jamás he sido vanidosa, ni particularmente orgullosa de mi apariencia física, pero en ese momento imaginé con cierta malicia femenina que una sonrisa de lobo feroz te cruzaría la boca al verme así, tan caperuzamente distraída, en faldas cortas y descalza. Con semejante frivolidad de pensamiento en la cabeza, abrí la última página y leí la última línea de mi libro: un hábito ritualístico que invoca a la buena suerte y que no puedo dejar de lado nunca.
"Mañana comenzaré a construirla."
Callabas, y el tiempo se encargó de teñir con colores de nombres absurdamente exóticos, tales como "malva" y "azafrán", el cielo que antes brillaba con aturquezada aridez. No sabría decirte si había silencio o no, porque en medio de mi lectura suelo abstraerme lo suficiente como para no notar las cosas más obvias. Lo que sí sé, es que tú callabas. La blancura de las páginas que me encandilaban se fue percudiendo poco a poco, y en eso estaba cuando llegué a la línea que lo desencadenó todo.
"-Nunca me han hecho una pregunta como ésta. Y, además, tú todavía no has respondido a la mía.
-¿La de por qué estoy tan callada? (...)
-No, te equivocas (...), te pregunté si eras siempre igual de callada. No es lo mismo estar que ser. Entender esa diferencia es lo que hace a una persona sentir placer por escribir y, a otras, sólo escuchar, y si quieren, responder.
Ana Elisa sopesó la respuesta y no pudo ocultar la felicidad en su rostro por compartir un reto con Mariano. En ese momento todo lo que estaba pasando le gustaba. Creyó que podía decirle que allí, entre mangos, tomates y plátanos, ella era y estaba. O él estaba y ella era. Que los dos..."
Levanté los ojos del libro.
Sentía la necesidad imperiosa de leer el fragmento en voz alta para ti. Porque me gustaron las palabras. Porque siento placer al escribir. Porque adoro compartir un reto. Pero por sobre todas las cosas porque entendí perfectamente la diferencia entre el ser y el estar, en un momento en el que yo era demasiado Ana Elisa y tú estabas completamente Mariano.
Tu silla estaba vacía, como siempre lo estuvo.
Extendí la mano hacia el teléfono, dispuesta a interrumpir tu atardecer caraqueño, fusionándolo con el mío margariteño, sólo para contarte de mi hallazgo. Te busqué en la lista interminable de nombres. Traté por un instante de que fueras ese con el que más hablo últimamente, aprovechando que ya estaba titilando la luz que anuncia sus mensajes, pero las piezas eran de rompecabezas distintos y jamás encajaron. Traté de que fueras el que me hace sonreir con sus historias, pero el engranaje se había oxidado por falta de uso. Intenté de mil maneras que fueras el que me hace llorar a propósito, pero la erosión de las gotas saladas ha borrado casi por completo lo que tallamos alguna vez en piedra. Por último, casi como un grito desesperado, caí en el nombre de aquél que nunca supo verse en mis ojos, y sabiendo que no te encontraría allí, me di por vencida.
Malditos los verbos copulativos "ser" y "estar", y ya que estamos en esas, malditos también "yacer" y "parecer". Malditos sean porque probablemente ERES en algún lugar, sin ser mío; porque ESTÁS, pero perdido para mí; porque no te PARECES a nadie que conozca; y porque quizás YACES con alguien esta noche. Maldita soledad inadvertida, inesperada, inexorable, ineludible. Pero por sobre todas las cosas, maldito tú por ser imaginado y no real, por no haberte materializado en alguien todavía, por no tener rostro ni nombre y aún así ser al que le quiero leer en voz alta partes de libros que me gustan, del que me pienso enamorar, con el que quiero comerme el cereal del desayuno y junto a quien quiero sentarme en sillas azúles.
Recuerda que no estás sola, me dijo un amigo, con tono de premio de consolación. Lo que no supe responderle es que centenares de amigos no llenan un vacío así.
Sólo hace falta una persona.
Y él no está.
Ni es.





